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“Deporte y empresa: ¡qué cerca y qué lejos!”, por Yolanda Benavente

“Deporte y empresa: ¡qué cerca y qué lejos!”, por Yolanda Benavente

Al comenzar a pensar en estos dos mundos lo primero que se me viene a la mente es la archisabida frase de “todos estamos en el mismo barco”, que tanto se utiliza en el mundo empresarial y desconozco si se usa igualmente en el entorno deportivo. La frase en cuestión no goza de mucho prestigio dada su asociación con una situación que necesita ser reconducida a base de lograr la motivación de todos los componentes de un equipo, motivo por el que dicho símil deportivo parece destinado a escucharse -casi siempre- cuando las cosas no pintan bien y los ánimos no pasan por su mejor momento.

Desde mi punto de vista existen dos ángulos desde los que mirar estas dos realidades, deporte y empresa: uno de ellos es contemplar al profesional de una empresa que practica deporte y otro es poner a la vista las dos figuras separadamente, el deportista y el profesional.

Si comenzamos nuestro análisis con el primero de los escenarios, al tratarse de una misma persona, parece lógico pensar que funcionen los vasos comunicantes que permitan al mundo empresarial absorber el mejor talante que aporta el deporte, y me explico: no hay programa de televisión o entrevista que se precie, en el que los entrevistados no hagan gala de tener el deporte como uno de sus hobbies. Hacer deporte es algo que te da caché, te estimula, te relaja, saca lo mejor de ti, te aporta beneficios físicos y mentales para la salud y te permite “desconectar” (otra de las manidas frases que no soporto). Pues bien, si esto es así, y, evidentemente, parece que sí lo es, cuando la persona desempeña su labor profesional, ésta debería verse impregnada de las bondades deportivas y aflorar, sin ir más lejos, en las reuniones de trabajo desplegando por ejemplo:

  • El don de saber escuchar –en vez de imponer- para rebatir, con un mínimo de rigor, aquello que no se comparta.
  • La capacidad de plantear nuestras opiniones con independencia de quién esté presente o ausente de la reunión, por supuesto con argumentos y siempre con consideración hacia otros planteamientos.
  • La suficiente dosis de humildad para reconocer cuándo aprendemos de otro porque plantee alguna alternativa o solución a un problema que a nosotros aún no se nos había ocurrido.

Y, sin embargo, no siempre entra a la oficina el espíritu deportista del profesional, hay días que dicho talante deportivo se queda aparcado en la puerta junto con el coche, para despertarse de nuevo al salir del trabajo o el siguiente fin de semana.

No obstante, sí hay algo muy positivo entre los profesionales que practican deporte y es la mejora sustancial en las relaciones sociales a la hora de realizar convocatorias en los centros de trabajo para jugar al fútbol, al pádel, organizar clubes de corredores por alguna causa o simplemente por afición, etc.

Supongo que con ello se fomenta lo que he escuchado en algunos cursos de habilidades, que al final lo que importa, y dice mucho y bien de nosotros, es que nuestra lista de contactos crezca. No sé si estoy muy de acuerdo con esto.

El segundo enfoque planteado, el deportista y el profesional, ofrecería matices diferenciadores en función de que el deportista lo sea de un deporte individual o de un deporte de equipo, pudiendo dar lugar por ello a otras dos miradas. El profesional, sin embargo, al menos en el que yo estoy pensando por deformación profesional precisamente, casi siempre, está integrado en un equipo de trabajo, de ahí que no merezca la pena plantear la alternativa solitaria.

De todos los valores que promueve el deporte hay dos absolutamente fundamentales, la disciplina y la tenacidad. Si trabajando estos dos soportes firmes no siempre se consiguen los objetivos esperados, si no se trabajan es casi seguro que no llegarán los buenos resultados. Sería cuestión de inculcar estas actitudes desde la infancia en el colegio, adhiriéndolas a nuestra piel en cualquier desempeño personal y profesional.

Este mano a mano, insisto, según mi percepción, es también favorable al deporte, ¿es habitual escuchar que alguien disfruta con su trabajo? Una respuesta positiva a esta pregunta es precisamente lo que haría equiparables a ambos mundos, empresa y deporte. Sin embargo, parece que no está de moda reconocer que el proyecto profesional en el que trabajas te motiva y te proporciona algunos días la satisfacción de saborear los avances conseguidos, y otros, ser consciente de que necesitas investigar más una solución o estudiar otros caminos; los segundos menos dulces que los primeros pero igual de edificantes. Por el contrario, todos los integrantes de un equipo deportivo sueñan con ser tenidos en cuenta, por el técnico que les dirige, para defender los colores en el próximo partido, y el jugador que no lo logra asume la decisión con deportividad y sufre la decepción de no acariciar su sueño.

Decir que un equipo, del tipo que sea, se puede considerar como tal cuando filtra y cataliza los defectos y aflora y evidencia las virtudes de sus componentes para hacer de ello un conjunto que supera las individualidades. Esta es la labor del técnico deportivo, del jefe de proyecto, del líder en definitiva. Con un buen líder, el equipo no tiene fisuras, no se cuestiona las decisiones, es más, se asumen como propias y todos están dispuestos a aprender y evolucionar juntos.

Los éxitos y las derrotas de un equipo deportivo se disfrutan y se lamentan individual y colectivamente por igual, o al menos se trabaja mucho la parte emocional entre sus componentes para que así parezca. En el mundo empresarial no siempre subimos ese peldaño deportivamente aunque sí es bueno reconocer los esfuerzos por mejorar una más que necesaria formación en habilidades. Quizás la comparativa más ecuánime entre deporte y empresa sea -específicamente- con el reducido mundo de profesionales que trabajan en proyectos de investigación.

 

Por último, decir que nunca he sido aficionada al deporte ni siquiera como espectadora. Mi experiencia “deportiva” se reduce a las horas de gimnasio para intentar mantener una aceptable forma física tras muchas horas sentada en la oficina. El sacrificio, al menos para mí sí lo es, de tener un compromiso serio con el gimnasio me ha compensado con creces. Los beneficios físicos que me ha aportado la gimnasia son notables; los beneficios mentales quiero creer que también, aunque no sean tan evidentes.

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