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Enemigos del Aprendizaje

Enemigos del Aprendizaje

FERNANDO VARGAS.

Pensando en cómo enfocar mi reflexión en voz alta para este monográfico sobre Formación, lo primero que me viene a la cabeza es hablar de lo que NO es formación. Podría parecer contradictorio, pero me parece que es importante distinguir algunas claves que he ido descubriendo a través de mi propia experiencia tras más de 20 años de relación directa con la formación. Durante este tiempo, he tenido la suerte de trabajar en programas de diferentes tipos relacionados con la formación de variopintos colectivos. He trabajado directamente con personas con capacidades diferentes, con niños y niñas de infantil y primaria, con estudiantes de postgrado, con trabajadores de pequeñas y grandes empresas o con adultos que quieren seguir desarrollando sus carreras profesionales en equilibrio con su vida personal, y en todos ellos he descubierto muchas cosas en común con respecto a la formación. Mi reflexión trata de evidenciar barreras que reducen el gran potencial de aprendizaje que he observado que todos los colectivos con los que he trabajado tenían en común.

El primer enemigo está en el propio concepto. ¿Por qué le llamamos “Formación” en lugar de “Aprendizaje”? El diccionario de la Real Academia Española define “aprendizaje”, en su acepción psicológica, como la “adquisición por la práctica de una conducta duradera”. En esta definición encuentro varios aspectos relevantes y clave para entender quién es el verdadero protagonista de cualquier acción de formación. El verbo que usa la definición es “adquirir” y sirve para evidenciar que toda persona que aprende, añade algo a su repertorio de conocimientos o habilidades anteriores al propio acto de aprender. Un nuevo elemento que incorpora como propio y que, a través de un proceso basado en la puesta en práctica, se convierte en una acción o conducta que se sostiene en el tiempo. Es decir, que para que exista aprendizaje debe haber una acción nueva que aparezca como consecuencia. Dicho de otro modo, si nada cambia, nada se ha aprendido. Este sería el primer gran enemigo del aprendizaje, la “resistencia al cambio”. ¿Conoces personas que siguen tropezando una y otra vez en la misma piedra? Dicho de otro modo, ¿que siguen cometiendo los mismos errores? Pues, según este razonamiento, demuestran que no han aprendido nada, pues no hacen nada nuevo. Este enfoque le da a las palabras de Heráclito, en su teoría sobre el devenir de la vida, una interpretación al cambio como aprendizaje continuo. De este modo, en su propia negación, sólo deja de aprender el que deja de vivir, pues vivir es cambiar y cambiar, aprender. Tal vez por esto, en época de crisis y de cambios como la actual, algunas voces recuerdan que puede ser una buena oportunidad para “aprehender”, que se define como interiorizar y hacer propios los aprendizajes significativos derivados de encontrarle un sentido lógico a actuar de un modo nuevo y diferente.

Pero volvamos de la mano de esta reflexión sobre el aprendizaje significativo, al dilema “formación versus aprendizaje” para descubrir más enemigos intrínsecos al propio concepto en castellano. Y digo “en castellano” porque, para resolverlo, me voy a apoyar en el inglés. La traducción directa de “formación” que encontramos más habitualmente es “training”. Si volvemos a traducir la palabra “training” al español, la convertimos en “entrenamiento”. Por otro lado, también podemos encontrar una segunda traducción como “learning”. Tal es el caso de los cursos de “formación online” que, en inglés, les llaman “e-learning”. Pero, si volvemos “learning” de nuevo a nuestro idioma, nos encontramos con “aprendizaje”. Es decir, que a lo que nosotros llamamos “formación”, los anglófonos lo llaman “aprendizaje” o “entrenamiento”. ¿Cuál es la diferencia fundamental entre el concepto en español y en inglés? En mi opinión, en español pareciera como si el protagonista o el que tiene el rol activo fuera el que enseña o el formador, mientras que en las acepciones anglosajonas, claramente el protagonista es el que aprende, el formando. Es este y no el que enseña, el que tiene el rol activo y el que es responsable del propio acto de aprendizaje. De esta reflexión, se deriva otro gran enemigo del aprendizaje, que es la propia metodología. En muchas ocasiones, pone el foco en el que enseña, en el maestro, relegando al verdadero protagonista a un rol pasivo, de mera exposición a contenidos. ¿Cuántas clases magistrales hemos vivido en la escuela, el instituto o la universidad? El ser humano, desde bebé, aprende por exploración, desarrollando un rol activo en el descubrimiento del mundo de los objetos y de las relaciones de afecto con los demás. Es así como aprendemos de manera innata, por lo que cualquier enfoque que dé más protagonismo al que enseña que al que aprende estará creando barreras para el propio aprendizaje. El verdadero maestro está dentro de cada persona, de modo que cualquier otro externo a nosotros mismos no podrá hacer nada más que despertarnos el deseo y la curiosidad de aprender. María Montessori, educadora italiana, bióloga, psicóloga, médico, científica, además de otras profesiones, a principios del siglo XX, cuando creó su propio método educativo, decía que “educar no es llenar una botella, sino encender un fuego”. Su método de formación, por tanto, se basaba en crear entornos estimulantes en los que los pequeños despertasen el interés por descubrir el mundo a su libre ritmo y aprender a través de la interacción con otros.

Precisamente el deseo de aprender o, mejor dicho, la falta del mismo, nos lleva al tercer gran enemigo del aprendizaje. La mayor fuente de anulación del deseo de aprender es la convicción de la certeza, es decir, creer que uno ya lo sabe y que, por consiguiente, no necesita aprender nada nuevo. En definitiva, para aprender es necesario desaprender primero, vaciarnos de lo que ya sabemos, abriendo espacios para nuevos aprendizajes o nuevas perspectivas. Platón, en su descripción sobre el gran maestro “Sócrates” hizo famosa la célebre frase de “sólo sé que no sé nada”, que desde entonces se le atribuye al sabio griego. La declaración de “no sé” es la mejor antesala del aprendizaje, pues sólo desde la puesta en duda de las propias certezas se abren posibles caminos para encontrar explicaciones de la realidad más avanzadas y eficaces. Este es exactamente el modo en el que avanza la Ciencia, poniendo en duda continuamente sus hipótesis explicativas de la realidad. Por eso, sus experimentos buscan falsar las hipótesis en lugar de verificarlas. Sólo si el experimento no consigue falsar la hipótesis, la teoría se admite como verdadera. El coste de ese fallo es no haber avanzado nada o no haber aprendido nada nuevo. Sin embargo, el avance en el conocimiento científico sólo surge cuando el experimento consigue falsar la hipótesis. Esta crisis se resuelve encontrando una nueva hipótesis o explicación de la realidad que integra lo que ya sabíamos con lo aprendido a través del experimento. Por tanto, el tercer enemigo del aprendizaje es lo que yo llamo “la falacia del científico”, que consiste en apegarse a las propias creencias o hipótesis dándolas como ciertas, en lugar de atreverse a declarar su propia “ignorancia” y dudar incluso de lo que ya se sabe, permitiéndose desaprender para avanzar en el conocimiento.

En muchas ocasiones, este último enemigo aparece motivado por una emoción como el miedo. El miedo a equivocarse, el miedo a fallar, el miedo a no estar en lo cierto, el miedo a no encontrar una explicación mejor, a quedarse sin respuesta, a no tener la razón… Si, como he afirmado al principio, desde pequeños hemos aprendido por exploración, la emoción que nos ha acompañado para descubrir el mundo ha sido la confianza. Confianza que se derivaba del vínculo de apego con la figura del adulto y desde la cual nos movíamos hacia el mundo exterior (e-moción viene del latín e-movere, que significa moverse hacia fuera). Considerar el error como un fracaso en lugar de como una oportunidad para aprender es el cuarto enemigo del aprendizaje. Este último enemigo genera mucha ansiedad. La clave es pasar del miedo a la confianza, para actuar de un modo más eficaz interpretando el error como una oportunidad para aprender nuevas formas de cómo no actuar. De ahí también la famosa frase atribuida a Thomas Alva Edison en su explicación sobre su largo proceso experimental para inventar la bombilla: “No he fallado. Simplemente he descubierto 10.000 formas de cómo no funcionaría”

Seguramente podríamos continuar y encontrar muchos más enemigos del aprendizaje, pero yo elijo quedarme en esencia con estos cuatro que he presentado: la resistencia al cambio, el protagonismo del que enseña, el científico falaz y el miedo al error.

IDE-CESEM, Instituto de directivos de empresa - AprendizajeFernando Vargas

Ponente y speaker habitual en eventos especializados en Dirección de RRHH, Fernando Vargas ha trabajado durante doce años como Director de Gestión del Talento, Director de RRHH Operacional y Director de Formación Corporativo de Grupo Vips, actividades que compatibilizaba como profesor de Másteres oficiales y diferentes Escuelas de Negocios.

En IDE-CESEM lleva más de diez años colaborando como profesor del Máster Executive en Organización de Recursos Humanos y Dirección de Personas, donde en estos momentos es Director del Área de RRHH.

Licenciado en Psicología y Coach Ejecutivo Ontológico (ACTP) por la Escuela Europea de Coaching, es miembro de la International Coaching Federation. En el año 2001 se retiró de la Federación Española de Fútbol como árbitro de categoría nacional. Actualmente es Director de Proyectos en la Escuela Europea de Coaching.

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