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Famosos y redes sociales: entre el amor y el odio.

Famosos y redes sociales: entre el amor y el odio.

En un comunicado publicado en sus cuentas de Instagram y Twitter el pasado 13 de diciembre, Ed Sheeran explicaba a sus seguidores que se tomaba “un descanso” de las redes sociales. El popular cantante inglés, que ha vendido más de 7 millones de copias de su segundo disco X, afirmaba haberse “dado cuenta de que he estado viendo el mundo a través de una pantalla y no con mis ojos”.

Sheeran no es la primera celebrity que decide abandonar, temporal o definitivamente, las redes sociales: Miley Cyrus, Lily Allen o Courtney Love cancelaron sus cuentas en algún momento, huyendo del acoso de los fans o de polémicas varias.

Otros van más allá y declaran abiertamente su odio por las redes sociales, negándose a participar en ellas. “Preferiría que un tipo con manos muy frías me hiciese un examen de próstata en vivo por televisión, que tener una página de Facebook”, declaró George Clooney, que comparte su tecnofobia con otros actores como Robert Pattinson o Edward Norton.

Los argumentos de estos famosos contra las redes sociales giran siempre en torno a las mismas ideas: la falta de privacidad e intimidad, la imposibilidad de atender a millones de seguidores o la exigencia de actualización constante que llevaba a Sheeran a verlo todo a través de su pantalla.

Pero no todos los rostros populares están en contra de las redes sociales. Muchos reconocen su potencial para dar a conocer trabajos, dar popularidad e interactuar con los seguidores. Hay algunos famosos a los que podríamos calificar, incluso, de adictos a las redes sociales, como por ejemplo Lady Gaga, Jennifer López o la presentadora Ellen Degeneres.

Cabe preguntarse: ¿es posible un término medio entre los que reniegan de las redes y los adictos a ellas? Lo cierto que los usuarios demandan algo más que la típica cuenta oficial, en la que un equipo de comunicación publicita machaconamente los próximos conciertos, discos o películas del famoso de turno. Los fans buscan autenticidad, un vistazo a la realidad diaria o a las opiniones de esa persona a la que admiran ¿Se puede ofrecer ese contenido sin caer en el agobio del que hablaba Sheeran?

Un ejemplo puede ser el del escritor Pérez Reverte, que dedica períodos de tiempo limitados a conversar con sus seguidores a través de Twitter. Cada vez que don Arturo “baja a tomarse algo al bar de Lola” (su forma de decir que está conectado), su timeline se llena de preguntas, mensajes y opiniones a los que el escritor responde, en la medida de lo posible, durante un tiempo que suele rondar las dos horas. Pasado ese tiempo, se despide de sus seguidores y se desconecta.

Y vosotros, ¿qué opináis? ¿Es posible lograr ese equilibrio entre publicidad y privacidad en redes sociales?

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