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Formarse, un medio y un fin: Renovarse o morir

Formarse, un medio y un fin: Renovarse o morir

MARINA FERNÁNDEZ.

Un artículo publicado hace unos días en un periódico de tirada nacional decía que la universidad española tiene ahora más matriculados mayores de 35 años que nunca. El texto hacía referencia a una tendencia que ya existe en otros países europeos pero que ahora se ha instalado en España con mucha fuerza, en parte, como consecuencia de la  crisis. La crisis ha sido, por tanto, la oportunidad para volver a sentar en las aulas a muchas personas que tiempo atrás las abandonaron, hasta incluso precipitadamente. Su vuelta estaba relacionada con la seguridad percibida de que sólo a través de una mejor formación era posible volver a situarse en el “mercado” laboral. Esto es tanto como decir que pensamos [los españoles y españolas] que la formación puede ser la ventaja competitiva para posicionarnos nuevamente como profesionales.

Desde este punto de vista es innegable el valor de la formación. Pero, ¿sólo es eso?, ¿un factor acumulativo para “vestir” currículo? Tal vez esa sea la primera respuesta, o la más acuciante en los tiempos que nos toca vivir, pero no es la única, ni siquiera la más importante. Este artículo trata de eso, de todas esas otras “ventajas” que la formación aporta y que no suelen escribirse en el currículo.

Formarse es, sobre todo, un estado vital. Una manera de estar en el mundo con los ojos bien abiertos y los poros como esponjas preparados para absorber el conocimiento.

Los beneficios de ese proceso que implica el aprendizaje abarcan todas las facetas de la vida de la persona, no sólo su faceta profesional, incluso laboral, sino también lasDE-CESEM, Instituto de directivos de empresa -Formarse facetas más íntimas y personales. La riqueza intelectual que aporta es un bagaje para llevar a todas partes y para aplicar en todos los momentos, tanto en el trabajo como fuera de él.

La teoría motivacional de Maslow sitúa los beneficios personales de la autorrealización en la cúspide de la pirámide. Bien lo saben los buenos gestores de Recursos Humanos, que desde hace décadas hacen uso de la formación en la Organización no sólo como Plan Estratégico para el crecimiento de sus miembros, sino como elemento clave en la consecución de una mayor motivación y bienestar en el trabajo. Un recurso que resulta más valorado incluso que otros beneficios de carácter económico – para tomar nota también en esta coyuntura de dificultad -.

Desde esta otra perspectiva, formarse puede ser un salvavidas. Un refugio al que recurrir para sobrevivir en tiempo de crisis y prepararse para lo que está por venir.

Circula una leyenda que cuenta que el águila, hacia la mitad de su vida, siente que sus uñas ya no son tan poderosas y flexibles como antes, empieza a tener problemas para agarrar con ellas el alimento; también su pico pierde fortaleza; y las alas, acosadas por el peso de las plumas, restan agilidad a su vuelo. En esta difícil tesitura en que parece más fácil dejarse morir, el águila toma una traumática decisión: vuela hacia un lugar seguro, alto y resguardado, y allí, en la soledad, comienza a golpear el pico contra la piedra hasta perderlo; arranca sus viejas uñas y sus castigadas plumas. Algún tiempo después, nuevas alas, nuevas uñas y un nuevo pico nacerán en su lugar. El águila, renovadas sus herramientas de vida, comienza entonces una nueva etapa.

Desconocemos la veracidad de la leyenda del águila que pierde adrede sus armas pero, más allá de eso, encierra un mensaje: vivir la crisis como una oportunidad para renovarse, para que nuevas alas nazcan que permitan un vuelo si cabe más satisfactorio aún que el primero. Como el águila, necesitamos nuevas herramientas con las que abordar el futuro y, esas herramientas, bien pueden venir de la mano de la formación.

Por ello, formarse puede considerarse al mismo tiempo un medio y un fin.

Es un fin porque gracias a la formación se adquieren conocimientos y competencias. Que se lo digan a todas esas personas que han puesto en esta nueva etapa formativa todas sus esperanzas. Formarse es un valor seguro que permite acceder al crecimiento profesional, a más y mejores puestos de trabajo. Por no decir los miles de formadores y formadoras que hacen de este oficio su forma de vida. Desde mi experiencia como formadora puedo decir además que la formación es una de las actividades profesionales que más satisfacciones reporta.

Como alumna, y de manera muy personal, vivo la formación como un “estar” en el medio. Se trata de buscar una dimensión activa en la que no limitarse a “dejarse hacer” (enseñar) sino a interactuar para contribuir con decisión al cambio que siempre se opera en el interior de la mano de ese aprendizaje. En esta vivencia, el hecho de formarse deja en segundo plano su valor como finalidad y se convierte en un medio, en un estado de ánimo. Como el águila de la leyenda, no esperar a que las uñas caigan solas sino obligar con la propia determinación al cambio.

Pero, además, en esta disposición, tenemos la oportunidad de disfrutar del medio, de emocionarnos entre libros, profesores y compañeros de aula, de sentir la chispa que ilumina el conocimiento. En ese estado, formarse es una clave de felicidad, un magnifico “refugio entre las piedras” desde el que renovarse. Lástima que un currículo no pueda reflejar todas estas cosas.

Alguien dijo “Renovarse o Morir”. Hablar en presente significa que siempre estamos a tiempo. Haber perdido un puesto de trabajo, o sobrevivir en uno que no nos gusta, o simplemente tener la aspiración de cambiar, en definitiva: una crisis, puede ser tan esperanzadora como el escondite del águila. La alegría de formarse y la expectativa de adquirir nuevas habilidades es siempre un refugio seguro. Y esto ocurre no sólo en el plano subjetivo sobre el que discurre buena parte de este texto, sino también en el plano objetivo y racional que se traslada a un currículo. La formación vuelve a ser entonces un fin por el que merece la pena dedicar tiempo, esfuerzo y recursos.

IDE-CESEM, Instituto de directivos de empresa - Marina Fernández

MARINA FERNÁNDEZ.

Diplomada en informática en la Universidad Politécnica de Madrid. Curso de Posgrado de Gestión Estratégica de RRHH en la Universidad Carlos III y Executive MBA por IDE-CESEM.

Dentro de su carrera profesional, Marina fue Concejala Delegada de Régimen Interior, Innovación y Nuevas Tecnologías y Concejala Delegada de Bienestar Social en el Ayuntamiento de Alcorcón. También fue Consultora de Formación y Comunicación, Responsable del Departamento de Formación, Jefe de Proyecto y Técnico de Organización y Calidad en Digitex Informática.

Actualmente es Socia Fundadora y Consultora en Cocreanet.

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