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Hábitos laborales y excelencia humana

Hábitos laborales y excelencia humana

ARTURO GARRALÓN.

Trabaja no como un desgraciado,

ni como el que desea que lo compadezcan o lo admiren;

al contrario, desea sólo una cosa:

moverte y parar, como considere justo el bien de la ciudad

(Marco Aurelio)

¿Puede nuestro trabajo diario ayudarnos a conseguir algo tan buscado como la felicidad? Normalmente valoramos más los viernes que los lunes, porque estimamos más el ocio que el trabajo, sin embargo las semanas se componen de cinco o seis días de trabajo, y sólo uno o dos de ocio. Ante esto, merece la pena quizá dar una oportunidad a H. von Keyserling, el cual dijo: “el ocio en sí, por mucho que se exalte, no hace nunca feliz. Sólo la libre expansión de las energías crea el sentimiento de la felicidad”. Sería una pena que transcurriera la mayor parte de nuestra vida y dijéramos aquello de Borges: “He cometido el peor de los pecados que alguien puede cometer. No he sido feliz”.

Es ya clásica la historia de los canteros que construyen una catedral. El caminante preguntó a tres obreros sobre el trabajo que estaban realizando y, aunque los tres hacían lo mismo, de cada uno obtuvo una respuesta distinta. Preguntó al primero qué es lo que hacía, y le contestó que estaba allí, obligado a picar piedra. Preguntó lo mismo al segundo, y éste le contestó que se estaba ganando el pan para él y sus hijos. E hizo la misma pregunta al tercero, el cual le contestó, con el rostro ensimismado: “Le estoy construyendo la casa a Dios”.

Ya se ve que el sentido o finalidad que damos a nuestro trabajo es importante para poder disfrutar de él o, al menos, poder hacerlo más llevadero. La historia anterior muestra tres distintos planteamientos vitales ante el esfuerzo y el cansancio que implica el trabajo. Porque, no lo olvidemos, el trabajo supone con frecuencia esfuerzo, cansancio, rutina, dificultades y frustraciones; conviene no olvidarlo en ningún momento si queremos hablar de felicidad en el trabajo, evitando así caer en un idealismo irreal.

 

LAS TRES ÉTICAS DEL TRABAJO

Si la pereza seduce, el trabajo satisface

(Ana Frank)

Las tres posturas de los canteros quedan reflejadas respectivamente en lo que podríamos denominar la “ética del esclavo”, la “ética del mercenario” y la “ética del heredero”:

1- “ética del esclavo” o motivación negativa: caracterizada por el conformismo y la sumisión; entiende el trabajo como una maldición bíblica, con una aceptación resignada del deber; este planteamiento es asumido por directivos cuando aplican a sus empleados la táctica de la amenaza y el miedo;

2- “ética del mercenario” o motivación positiva extrínseca: caracterizada por el utilitarismo; entiende el trabajo como un mal menor, pero necesario para obtener ingresos, como un mero instrumento para lograr una recompensa extrínseca; este planteamiento es empleado por los directivos al aplicar las remuneraciones por objetivos;

3- “ética del heredero” o motivación positiva intrínseca: caracterizada por la responsabilidad; entiende el trabajo como parte integrante de la vida y necesaria para el progreso personal; la motivación es intrínseca al propio trabajo, interesando tanto el resultado obtenido como el propio modo de hacerlo; este planteamiento es el asumido, por ejemplo, por el propietario de la empresa.

 Aunque las circunstancias laborales determinan en gran medida qué tipo de ética se aplica, cada individuo también puede interiormente inclinarse más hacia una u otra según sus convicciones. En cualquier caso, como es lógico, la tercera proporciona mayor satisfacción que la segunda y la segunda más que la primera. Ahora bien, ¿es planteable para el común de mortales pretender actuar como “herederos” de la empresa?

En un contexto de crisis como el actual no se puede negar que la ética del esclavo tiene gran peso, por el miedo que puede ocasionar la posible pérdida del empleo. Aun así, por razones evidentes, la actitud más habitual es la ética del mercenario, y la ética del heredero queda reservada prácticamente a unas minorías, como son los poseedores de capital, o los aventureros que se atreven a emprender un negocio. ¿Puede tener interés actuar con una ética de heredero cuando se nos valora únicamente por la ganancia que proporcionamos? ¿Realmente seríamos más felices logrando trabajar así? ¿O estamos hablando de un mundo ideal, totalmente alejado de la realidad laboral cotidiana?

 

HÁBITOS Y PERFECCIONAMIENTO

“Sólo a través de su costumbre, el hombre puede ser libre y poderoso”

(Schiller)

La principal rutina que afecta a la gran mayoría de los humanos es sin duda el trabajo. Y conceptos como rutina y monotonía no parecen evocar directamente a la felicidad, especialmente cuando nos estamos refiriendo a unas tareas laborales que se repiten día tras día y así durante muchos años. Sin embargo, para Nathaniel Hawthorne “el hábito puede llegar a ser o el mejor de los sirvientes o el peor de los amos”. Según esto, podemos considerar el trabajo campo de batalla en el que salir ganando o perdiendo, en función de nuestra actitud asumida ante la rutina.

Entramos en la cuestión del hábito como repetición voluntaria de actos, concepto profundamente estudiado ya por los filósofos griegos para definir otro concepto muy relacionado, el de virtud. Para el filósofo contemporáneo Josef Pieper “adquirir las virtudes adecuadas es la plenitud del ser humano (…) es la perfección del hombre en un hacer mediante el cual realiza su felicidad”. Es decir, que la práctica de la virtud se relaciona con la felicidad. Sin embargo, desde los inicios de la edad moderna fue cayendo en el olvido la idea de virtud como perfeccionamiento de la personalidad. Y es ahora, desde finales del siglo XX, cuando la neurociencia descubre que los hábitos que adquirimos modelan nuestro cerebro y nuestra personalidad, lo cual conecta con aquello que dijeron los antiguos sabios. Volver a tenerlos en consideración, contrastándolos con la ciencia actual, nos permitirá sacar conclusiones para quizá dar un sentido motivacional a nuestra rutina laboral.

“¿Por qué buscáis la felicidad, oh mortales, fuera de vosotros, cuando la tenéis dentro de vosotros mismos?” decía Boecio con palabras poéticas. Aquellos antiguos filósofos descubrieron que la felicidad del hombre se halla en su interior, en la perfección de sus facultades. Las facultades del hombre son tres: voluntad, afectividad y entendimiento; y las tres deben ser Hábitos laborales y excelencia humanaregidas, según explicó Platón, por sus respectivas virtudes: fortaleza, templanza y prudencia. Vendrían a ser aquello que después repitió Baltasar Gracián con otras palabras: “Tres eses hacen dichoso: santo, sano y sabio”. La fortaleza (andreia) podemos simplificarla como fuerza de voluntad, la templanza (sophronise) como dominio de sí y la prudencia (sophía) como capacidad de reflexión. Estas tres virtudes cardinales son de carácter individual, y facilitan el ejercicio de una cuarta virtud cardinal, que se orienta al bien de la sociedad, la justicia (dikaionyse), que también podríamos definir simplificando como búsqueda del bien común. La perfección en estas virtudes, y en las que se derivan de éstas, permite lograr en el hombre su perfección y, por tanto, su felicidad.

Los hábitos se generan mediante la repetición de actos. Si habitualmente en el trabajo posponemos los asuntos que nos resultan más costosos de resolver, cada vez nos costará más el afrontarlos. Y al igual que ciertas actividades dañinas nos perjudican y generan vicios difíciles de desechar, los hábitos positivos adquiridos facilitan cada vez la consecución de nuestro bien. Hablamos, por tanto, de una ética en gran parte idealista, fundamentada en buscar el bien propio del hombre, pero que a la vez es eminentemente práctica, pues se basa en las rutinas diarias. “Si quieres que el surco sea recto, ata tu arado a una estrella”, dice el proverbio oriental. Quizá no nos sea posible atarnos a una estrella, pero cuanto más alejado esté nuestro punto de referencia más inamovible y, por tanto, mejor referencia es. El emperador Marco Aurelio, citado al principio, propone como criterio de orientación moral una meta muy elevada, el bien de la sociedad. Nuestra estrella en el día a día, o motivación positiva intrínseca como hemos dicho antes, puede situarse en el bien de la sociedad y el perfeccionamiento como personas.

¿Qué dice la neurociencia al respecto? Daniel Goleman, con su ya clásica obra “Inteligencia emocional”, explicó precisamente cómo el altruismo y el autodominio nos permiten alcanzar mayores cotas de satisfacción personal. ¿Qué papel pueden desempeñar en esto los hábitos?

HÁBITOS Y CEREBRO

“Nosotros somos lo que hacemos repetidamente”

(Aristóteles)

Ann Graybiel, investigadora del MIT, ha estudiado a fondo el comportamiento del cerebro cuando adquirimos un hábito. Las neuronas, ante una conducta nueva, establecen una conexión nueva entre ellas, mediante una corriente eléctrica llamada sinapsis. Cuando se repite una conducta, esa conexión se fortalece, estableciéndose una “plantilla” por la que circularán cada vez de forma más automática las corrientes eléctricas del cerebro. Esto posibilita que una vez que adquirimos un hábito, no es necesario emplear energía en repetir actos, gracias a que lo hacemos de forma más automática, y podremos emplearla en otra actividad cerebral.

Ante un objetivo lejano, la formación en el tiempo de estructuras neuronales posibilita la adquisición de hábitos, simplemente gracias a la repetición de actos, y lograr aquello que inicialmente podía aparecía como costoso. Como contrapartida, los malos hábitos adquiridos, que no nos ayudan a nuestras metas, en la medida que se prolongan, son cada vez más difíciles de erradicar. Y por este motivo nos cuesta cambiar, romper con nuestras costumbres. Podemos tener la experiencia en la oficina, pongamos por caso, de un armario en el que nos hemos acostumbrado a guardar expedientes y que, después de años, cambiamos los expedientes de lugar; durante un breve período nos costará coger el hábito de ir al nuevo armario hasta que vuelva a sernos algo totalmente automático; sin embargo, curiosamente, alguna vez ocurre que volvemos a ir de forma totalmente inconsciente al armario del principio, aunque trascurrido mucho tiempo. Esto ocurre porque en nuestro cerebro sigue existiendo esa conexión neuronal, y puede volver a conectarse muy esporádicamente, para nuestra sorpresa. Nuestro cerebro, por tanto, por su constitución plástica, se va configurando por medio de nuestra conducta, y todo acto deja su huella, para bien o para mal. No es posible ser el doctor Jekyll y, a la vez, Míster Hyde.

La neurociencia y los filósofos griegos coinciden en que somos nosotros mismos, con nuestras decisiones, quienes forjamos la forma de nuestro cerebro y, por consiguiente, nuestra personalidad. Podemos decir que una persona feliz es aquella que, en el día a día, ha logrado formar ambos mediante la adquisición de hábitos virtuosos. En palabras de Aristóteles, “para ser bueno no basta querer. Tampoco basta saber. Si no se realizan muchos actos buenos, nadie tiene la menor probabilidad de llegar a ser bueno”.

Los experimentos neurológicos dicen que, mediante la técnica de la repetición, se tarda una media de sesenta y seis días en asumir un hábito, dependiendo de la dificultad del hábito en cuestión. Aquí podríamos incluir todas las rutinas propias del trabajo que podamos imaginar: saludar amablemente por la mañana, interesarse por la salud de los demás, resolver a tiempo las gestiones urgentes, sonreír a los clientes también en los momentos de agitación, evitar escrupulosamente las habladurías, etc.

A modo de resumen, ¿cómo puede servirnos el trabajo para nuestra satisfacción? “Satis-fecho” quiere decir “plenamente hecho”, y de eso se trata, de quedar plenamente hechos, aprovechar las rutinas del trabajo para lograr obtener lo máximo de nuestras facultades y potencialidades. El trabajo nos será satisfactorio si no buscamos tanto el “hacer” como el “hacernos”.

RevistaInnovatia43-web3Arturo Garralón

Licenciado en Economía y MBA por IDE-CESEM.

Ha desempeñado cargos como: Gestor en el programa PRODER de fondos europeos para el desarrollo rural en la provincia de Guadalajara. Profesor-tutor en el programa JEAN MONNET en la Universidad de Alcalá de Henares.

En la actualidad ocupa el cargo de Soporte operativo en el Centro de Empresas Guadalajara-Cuenca en la Caixa

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