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Implicaciones macroeconómicas del envejecimiento de la población

La humanidad se enfrenta a un cambio demográfico que supondrá que en las próximas cuatro décadas la población mayor de 65 años se duplique, pasando a ser casi el 30% de la población total. Estas personas son cada vez mas activas y, por lo tanto, tienen mayores deseos de vivir con autonomía, manteniéndose como ciudadanos útiles que siguen aportando valor a la sociedad y a sus propias familias. Por eso, hay que luchar por desbancar la idea de que el envejecimiento de la población pondrá en juego la sociedad del bienestar; el reto es que el sistema se mantenga adaptándose a las nuevas circunstancias.

Por envejecimiento demográfico se entiende el continuo aumento de la edad del promedio de la población, que tiene su origen en la reducción de la mortalidad unida a la baja fecundidad. Ambos factores juntos llevan a que en la composición por edades, el número de personas jóvenes se esté reduciendo en proporción con las de mayor edad. Así, en los países desarrollados, la pirámide de población se invertirá en menos de 50 años.

A nivel mundial, se espera que el número de personas mayores supere el número de menores de 15 años, por primera vez, en 2045. En los países más desarrollados, donde el envejecimiento de la población está muy avanzado, el número de niños cayó ya por debajo de las personas mayores en 1998. La natalidad disminuyó entre 1950 y 2000 a 22,7 nacimientos por cada 1.000 habitantes, al igual que la mortalidad, 9,2 fallecimientos por cada 1.000 habitantes. Este proceso, lejos de paliarse, continuará intensificándose en el futuro.

Por su parte, la esperanza de vida al nacer, entendida como el promedio de años que viviría un grupo de personas nacidas el mismo año en una zona geográfica, constituye un indicador excelente para caracterizar las condiciones de vida, de salud, de educación y de otras dimensiones sociales de un país o territorio. En el Neolítico, ésta no superaba los 20 años; en la actualidad, alcanza los 67,2 años y en 2050 habrá alcanzado, globalmente, los 75 años. Pero la diferencia entre los países ricos y los pobres será notoria: 82 frente a 66.

 

El proceso de envejecimiento

Los países industrializados asisten en las últimas décadas a un gradual envejecimiento de la población. Este proceso tiene numerosas causas, muchas de las cuales están ligadas al logro de un nivel de desarrollo sustancial, en términos, por ejemplo, de su renta per cápita. Así, el aumento de la esperanza de vida, la incorporación de la mujer al mundo laboral, el desarrollo de métodos anticonceptivos sofisticados que permiten programar el número de hijos o el incremento de las posibilidades de consumir bienes y servicios y de disfrutar del tiempo de ocio, son factores que han colocado a un gran número de naciones en un estancamiento vegetativo.

Como todos los cambios demográficos, el proceso es lento pero inexorable, de modo que es crucial reflexionar sobre las formas en que podría detenerse y las implicaciones macroeconómicas que cabría esperar en ausencia de factores que frenen ese desarrollo (efectos sobre el consumo, la oferta de trabajo, las pensiones y el propio nivel de vida).

Envejecimiento y consumo

En las sociedades modernas, hay una gran cantidad de bienes y servicios que se consumen por la mayoría de la población, sea cual sea su edad, como alimentos, gas y electricidad, electrónica, electrodomésticos, ocio, etc. Sin embargo, también es cierto que cuanto mayor es la sofisticación de los consumidores o, si se quiere, cuanto mayor es el grado de desarrollo de un país, más discriminación realizan las empresas sobre los productos que ofrecen a los distintos grupos de compradores.

A esto se une, además, que los grandes avances en el campo de la salud supongan que cada vez la esperanza de vida sea mayor y haya gente relativamente longeva con necesidades específicas, ya sea de atención sanitaria o simplemente de cuidados personales. España está adquiriendo experiencia en este sentido, tanto porque somos uno de los países en que el fenómeno del envejecimiento es más apreciable como porque al ser un destino turístico muy relevante está acogiendo a numerosa población retirada de otros países desarrollados. El envejecimiento abre, por tanto, nuevas oportunidades de negocio para las empresas, con el fin de atender a todas estas personas mayores, que tienen cada vez mayor poder adquisitivo.

Igualmente, la perspectiva del envejecimiento tiene repercusiones apreciables sobre el patrón de consumo a lo largo de la vida laboral, en la medida en que la expectativa de poder disfrutar de muchos años de jubilación y la percepción de que las pensiones públicas no son suficientes para mantener el nivel de vida una vez retirados, han conducido a que la tasa de ahorro aumente, invirtiendo en fondos y en otros activos financieros. Este hecho se aprecia en Japón y Alemania, y se aduce como una de las razones por las que estos países vienen mostrando un superávit persistente en sus balanzas por cuenta corriente, es decir, un exceso del ahorro nacional sobre la inversión doméstica.

Envejecimiento y oferta de trabajo

El envejecimiento de la población plantea también retos muy relevantes desde el punto de vista de la oferta de trabajo de una nación, ya que puede dar lugar a estrangulamientos en los procesos productivos si desaparece gradualmente la mano de obra que los sustentaba. A este respecto, habría que señalar algunas cuestiones:

• Un proceso leve de envejecimiento podría ser absorbido sin grandes tensiones por los sistemas económicos actuales, en la medida que el cambio tecnológico está suponiendo un continuo aumento de la productividad; así, no es difícil seguir produciendo la misma cantidad de bienes y servicios con cada vez menos población trabajando.

• En muchos países desarrollados, el envejecimiento coincide con unos mercados de trabajo que presentan altas tasas de paro, con lo que éste podría afrontarse con una mayor y mejor movilización de los trabajadores disponibles, permitiendo una disminución de la tasa de desocupados. Para ello, sería imprescindible que la mano de obra estuviera suficientemente formada y que las instituciones del mercado laboral fueran eficientes.

• Aunque la tasa de participación ha tendido a aumentar en muchos países avanzados, parece que todavía queda cierto margen de crecimiento en cuanto a la aportación femenina. En el caso de España, la intensa incorporación de la mujer al mercado laboral ha hecho que la tasa de participación haya aumentado sistemáticamente en las dos últimas décadas.

• No puede descartarse que la brecha que abre el envejecimiento, en términos de escasez de mano de obra, se cubra mediante la inmigración. De hecho, en algunos países se han producido intensos movimientos migratorios, no necesariamente vinculados al envejecimiento. En España, la población extranjera creció fuertemente en los años de expansión económica, hasta 2007, pues en esos momentos se necesitaba abundante mano de obra que pudiera sostener el fuerte crecimiento económico, en parte ligado al boom inmobiliario.

Asimismo, el envejecimiento va de la mano de un mejor estado de salud durante un mayor número de años, por lo que la prolongación de la edad de jubilación podría reducir el impacto del envejecimiento en la evolución de la oferta laboral. En este terreno, pueden vislumbrarse algunas fuentes de tensión pues, por ejemplo, puede ser difícil realizar una gestión controlada de la inmigración entre dos economías cercanas, con grandes diferencias en sus niveles de vida, si el país más rico tiene una alta proporción de personas mayores y el pobre de jóvenes. La realidad de los últimos años nos proporciona numerosos ejemplos de esos riesgos.

Envejecimiento y pensiones

El envejecimiento de la población siempre obliga a cuestionarse por los recursos disponibles para poder sostener a un porcentaje creciente de personas. La respuesta puede ser ahorrar más durante la vida laboral para no sufrir una merma del poder adquisitivo en el momento de la jubilación. Las autoridades también han reaccionado a esta situación, en especial los países que cuentan con sistemas de pensiones de reparto, esto es, sistemas en los que las pensiones se pagan con las cotizaciones (o impuestos) de los trabajadores que cotizan hoy.

La primera de las medidas, el aumento de la edad legal de retiro, que parece tener todo el sentido, ya que las actuales condiciones de salud no tienen nada que ver con las que existían cuando se establecieron los umbrales de jubilación vigentes hasta ahora. En segundo lugar, tratar de que haya mayor proporcionalidad entre las cotizaciones sociales a lo largo de la vida laboral y las pensiones que se vayan a recibir. Esta política económica era inevitable, pues las tendencias demográficas conducían inexorablemente a un fuerte aumento del déficit público en el medio plazo a causa del intenso incremento que se registraría, de lo contrario, en los pagos por pensiones.

Es cierto que el problema no es inmediato, pero tomar medidas con 10 o 20 años de antelación permite que los cambios sean más pequeños y graduales y que la situación se reconduzca sin modificaciones traumáticas. En el futuro, las tensiones continuarán. De un lado, los jóvenes, quejosos de los altos impuestos que deben pagar, y del otro, los jubilados, que desean mantener a toda costa el nivel de pensiones y los programas de asistencia social.

Envejecimiento y nivel de vida

El envejecimiento de la población tiene lugar, normalmente, en sociedades con un alto grado de madurez económica, con altos niveles de vida (aunque algunos analistas apuntan a que, por ejemplo, China envejecerá antes de hacerse rica). Estos países tienden a mostrar también menores ritmos de crecimiento potencial, puesto que las posibilidades de inversión son más limitadas que en las economías en vías desarrollo, donde la rentabilidad de los proyectos es mucho más elevada. Igualmente, es cierto que el propio envejecimiento, al limitar el impulso de la oferta de trabajo, debilita el output potencial de la economía.

Las fórmulas y procesos que podrían limitar esa pérdida de dinamismo en las economías que muestran ese envejecimiento podrían ser: ampliar la vida laboral de los trabajadores, abrir la economía a la inmigración o fomentar la productividad, entre otras formas, invirtiendo en la formación de capital humano. En algunos casos específicos, como el español, se precisa, además, una profunda reforma del mercado de trabajo que permita movilizar a más del 20% de la población activa que quiere trabajar y no puede.

Por consiguiente, el envejecimiento de la población supone una disminución de la ratio entre trabajadores y pensionistas, que puede ser sustancial y que pone a prueba el modelo de sociedad en que vivimos, pero que podría revertirse completamente si se logran modificar las institucionales laborales vigentes y reducir la elevada tasa de paro.

ANA Mª CABEZAS

Directora del Área de Finanzas de IDE-CESEM. Licenciada en Ciencias Económicas y Empresariales. Master en Dirección Financiera y Control. Master en Administración y Dirección de Empresas (MBA) y SEP. Cuenta además con un Master en Gestión de Fundaciones y ONG. Ha sido Jefe de Contabilidad de Empresarios Agrupados. Directora Financiera en Unión Resinera Española. Jefe de Administración en Bekox. Directora Financiera en People Trabajo Temporal. Controller en Grupo Afirma. Directora Financiera en Frapema. Actualmente, Directora Financiera y miembro del Consejo de Administración Planet Media, S.L. y Asgeco.

 

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