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Nací analógica

Nací analógica

Mª VICTORIA DE ROJAS.

Nací analógica, pero eso no es pecado

Nací analógica, ciertamente, como otras muchas personas de este país.  Todavía no soy del todo  digital, aunque no sea por falta de esfuerzo. Lo único que realmente me molesta de todo este proceso de transformación es que he tenido que invertir mucho tiempo en  aprender a moverme por este nuevo mundo,  un tiempo que, de haber nacido un siglo antes, podría haber dedicado a la lectura, una de mis pasiones. Tampoco me quejo. He perdido cosas, las mínimas, y he ganado mucho.

En más de una ocasión, hablando con gente joven, se han quedado sorprendidos al conocer cómo era el funcionamiento de cualquier oficina hace tan solo treinta años. Entre las habilidades que figuraban en mi curriculum y que entonces marcaban serias diferencias a mi favor, se encontraba el hecho de superar las trescientas cincuenta pulsaciones por minuto ante una máquina de escribir manual, eléctricas y electrónicas llegarían bastante más tarde, saber taquigrafía y conocer el uso de la estenotipia. Hoy ya no figuran, no solo porque arrancarían serias carcajadas en mi posible entrevistador, sino porque, en el caso de las dos últimas, su falta de uso ha hecho que estén parcialmente olvidadas. No así ser una experta mecanógrafa, lo que en mi actual profesión, me evita grandes pérdidas de tiempo.

(Aprovecho aquí para hacer un llamamiento al mundo de la educación. Tres meses de la vida de un adolescente son suficientes para que aprendan a escribir utilizando las diez herramientas útiles de que disponen nuestras manos: los dedos, todos. ¿Tan difícil sería incorporar esta disciplina en los institutos? Un minuto más y vuelvo al tema en cuestión. Un ejemplo: del tiempo que emplea en una simple visita a su médico de cabecera piense por un momento en cuánto se emplea realmente en que le atienda y cuánto en que transcriba síntomas, exploración, resultados, diagnóstico y medicación en su ficha del ordenador.  Tres meses a los trece años y nuestros médicos ganarían gran parte de ese tiempo que reclaman a la administración. Pero que nadie se me ofenda, que lo mismo les pasa a jueces, abogados, gestores, bancarios…, y ¡periodistas! Gente que se gana la vida escribiendo en un ordenador, que utiliza cuatro de sus diez dedos para hacerlo, y que encima te intentan convencer de que escriben a mayor velocidad que tú. Pero esto forma parte de una cruzada personal, no del tema propuesto)

Desde aquel primer puesto de trabajo en el que como una campeona aprendí a utilizar el télex como medio de comunicación rápido y eficaz, hasta el momento en el que estoy escribiendo estas líneas, la transformación de mi vida profesional, y de la personal también, ha sido radical. Casi me atrevería a decir que de alguna manera ha sido brutal. No me considero una persona mayor, soy realmente joven, pero he visto nacer y morir herramientas tecnológicas que paulatinamente han ido abriendo camino para el desarrollo vertiginoso al que la tecnología nos tiene acostumbrados en la actualidad.  Me refiero por ejemplo a aquellos aparatitos que llevabas en el bolso o en el cinturón y que te enviaban un mensaje breve para que llamaras a una central donde te daban el recado en cuestión: los “busca”. Sonaba y tenías que ir a buscar el teléfono más cercano para recibir el mensaje. Salen en las películas ¿se acuerdan?, sobre todo en las de médicos. En su momento fueron una herramienta muy eficaz e incluso contribuyeron a salvar bastantes vidas y a solucionar problemas urgentes en muchas empresas. Hoy en día, si la conexión a internet de nuestro teléfono falla tan solo unos minutos, nos sentimos desamparados no vaya a ser que precisamente en este instante haya alguien intentando enviarnos cualquier tipo de mensaje, escrito o visual. El momento cumbre de desarrollo para las empresas que ofrecían estos servicios en España se produjo en los años noventa y perdió su funcionalidad con la llegada de los teléfonos móviles.  No es que sea un  servicio que cada vez se utilice menos, el telefax por ejemplo se continúa utilizando aunque tenga los días contados, sino que ya no existe y prácticamente fue ayer cuando lo vimos como todo un avance en el mundo de la comunicación.

Siempre he pensado que pertenezco a una generación de mujeres a las que la vida se les complicó exponencialmente (ojo, no me quejo, creo que soy una privilegiada). Las diferencias entre la forma de vida de mi abuela y la de mi madre fueron mínimas, con alguna excepción como la aparición de las maravillosas lavadoras automáticas, pero en comparación, mi vida se ha desarrollado en otra galaxia diferente de la que ellas conocieron, y si menciono a mi hija la diferencias se salen del mapa interestelar.  Mi abuela prendía un brasero y mi hija puede programar el encendido de la calefacción desde su teléfono móvil, a muchos kilómetros de distancia de su casa. Mi abuela esperaba ansiosa la llegada del cartero y mi hija se comunica al instante con quien desea, incluso con gente a la que no conoce, buscando su perfil a través de alguna de las muchas redes sociales que están a su disposición.

¿Ventajas? ¿Inconvenientes? De todo hay en esta viña por la que transitamos. Soy de los que piensan que en su conjunto la vida ha mejorado, aunque en ocasiones se me cruce por la mente la idea de que no es así. De lo que sí estoy segura es de que es completamente diferente. El despertador continúa sonando en la mañana y por la noche en algún momento nos vamos a la cama, pero entre uno y otro las horas transcurren de manera muy distinta.

¿Mejoras? Pues hubo un momento en mi vida en el que fui realmente feliz gracias a los avances de la tecnología, aunque pueda parecer una tontería. Olvidar el uso del papel carbón para hacer copias de un escrito merece una ovación.  Pensar en que podía cometer un error mecanográfico y tener que borrar una a una cada hoja de las cuatro o cinco copias, o tener que tomar nota para una fe de erratas, o incluso tener que repetir el folio completo porque no se admitían borrones, podía llegar a convertirse en una obsesión; sobre todo si, como yo, completabas tu economía transcribiendo textos. ¡Benditas máquinas electrónicas! ¡Bendito ordenador! Sin embargo, y precisamente porque ahora no le damos importancia a esto de la corrección, entregamos textos con errores de escritura que ni preocupan el artífice del documento ni al lector. (Espero no haberme equivocado ni una sola vez o quedaré francamente mal).

Tardé mucho en acostumbrarme a utilizar Internet, a pesar de que en casa fuimos pioneros en contratar el servicio. Por aquel entonces teníamos un Macintosh y manteníamos la línea telefónica permanentemente ocupada, bueno, con sus constantes caídas. Tampoco lo recordarán, seguro, pero las primeras conexiones a internet se efectuaban a través de la línea telefónica y tenías que optar por hacer uso de una cosa u otra. Claro que lo normal es que cuando por fin habías llegado a la página que querías consultar, una llamada a destiempo, interrumpía la conexión y vuelta a empezar. Mi rendición incondicional se produjo un fin de semana. Recuerdo que era sábado y el hijo de mi por entonces marido llamó muy nervioso porque había olvidado realizar un pago importante a la universidad, el plazo vencía esa misma mañana y faltaban cinco minutos para que los bancos cerraran. Otro dato a recordar: ¡los bancos trabajaban los sábados! Cuánta nostalgia en un artículo sobre avances tecnológicos… Cuando padre e hijo habían perdido ya los papeles acerca de la poca responsabilidad de uno y la falta de comprensión del otro, con toda la tranquilidad del mundo pedí el teléfono (el fijo de casa, a tanto no habían llegado todavía los avances) y solicité los datos que deberían haber figurado en el pago: cuenta de ingreso, importe, concepto… Media hora después y tras varios cortes en internet, la transferencia en cuestión había sido realizada y en mi poder estaba el justificante que avalaba el haber realizado el pago correctamente y en fecha. Supe entonces que ya no habría vuelta atrás y que había acabado por sucumbir a una herramienta que si había de cambiar radicalmente mi vida.

Es cierto que el ordenador se ha convertido en el compañero indispensable en mi vida, como en la de muchas otras personas. Todo este mundo mágico me permite preparar cada entrevista que realizo con mucha mayor profundidad y con menor consumo de tiempo. Puedo visitar museos en los que se que nunca he estado. Puedo conversar con mi familia mirándoles a los ojos, a pesar de que vivan a muchos miles de kilómetros de distancia. Puedo enviar y recibir documentación con un simple golpe de dedo, sin esfuerzo alguno. Puedo jugar a ser fotógrafo y no solo hacer miles de fotografías, sino que puedo retocarlas e incluso preparar montajes con ellas…

Y si. En mi vida profesional utilizo las redes sociales para conocer un poco más de las personas por las que siento interés o que se han puesto en contacto conmigo. También las utilizo para mantener el contacto con gente a la que veo muy de vez en cuando. Y soy consciente de que todavía no aprovecho de ellas más que una pequeña parte de su potencial.

La vida que vivimos no es mejor ni peor. Es diferente. Pero aunque la tecnología nos ha aportado mucho de positivo, también nos ha arrebatado cosas que nunca debimos perder. Lo importante de todo esto es tener muy claro que avancemos lo que avancemos y aunque lleguemos a viajar más allá de nuestro sistema solar, nunca deberemos perder nuestra condición de personas. No nos dejemos engañar. Si no cuidamos lo realmente importante el ser humano puede llegar a ser una especie en extinción y por muchos avances tecnológicos de los que dispongamos, no nos podremos salvar. Lo que de verdad importa es la calidad y la intensidad de nuestras relaciones, no su número. He visto cantidad de grupos de adolescentes que aprovechan el tiempo en que están juntos para navegar por internet y se comunican a través de sus teléfonos en lugar de hacerlo mirándose a los ojos. Me apena profundamente porque no hay nada en este mundo que pueda transmitir tanto como el contacto humano.

Un buen día, hace muchos años, mi jefe compró un ordenador personal para la oficina. Lo colocó en su despacho y lo siguiente que hizo fue pedirme que aprendiera a sacarle el mayor provecho que pudiera. Aunque he aprendido mucho y mucho más me queda todavía pendiente por aprender, aún hoy, después de treinta años, Hay veces en que todavía siento aquel terror original a pulsar “delete” y que mi vida entera, como los archivos del ordenador, pueda desaparecer.

A pesar de que aún perdure este miedo estoy convencida de que el desarrollo de lo que llamamos nuevas tecnologías no ha hecho más que empezar. Lo que hoy es nuevo, mañana mismo se convertirá en viejo y vuelta a empezar.

Solo me queda hacer una petición: nunca, bajo ningún concepto, por mucho que el mundo evolucione, perdamos nuestra condición humana. Lo importante, lo único irremplazable, son las personas, no lo olvidemos jamás.

IDE-CESEM, Instituto de directivos de empresa - AnalógicaMaría Victoria de Rojas Gutiérrez de Gandarilla. Madrid. 1963

Inicia su carrera profesional muy joven ocupando cargos de diversa responsabilidad en empresas de distintos sectores de actividad, lo que le ha proporcionado la oportunidad de conocer desde muy diferentes ángulos y en profundidad el mundo de la empresa.

En 2001 y tras diez años  desarrollando su actividad en la administración pública, concretamente desde el patronato de cultura de un pequeño ayuntamiento, llega a la revista ejecutivos.

En un primer momento se encargará de actualizar la imagen de la revista para lo que colabora en el nuevo diseño y crea la sección “Primera Clase”. Su cometido principal en esta etapa, desde su cargo como Directora de Relaciones Externas, será la puesta en valor de las entregas de premios que cada año realiza la publicación a nivel nacional.  En el año 2004 se crearían los premios en las comunidades autónomas con la primera edición en Andalucía.

En el año 2010 accede definitivamente a la dirección de la empresa y ocupa el cargo de editor de la publicación, puesto que desempeña en la actualidad.

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