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Querer lo que se necesita

Querer lo que se necesita

PABLO BURGUÉ

Cuando cada cierto tiempo se realizan encuestas sobre motivación laboral, y se formula la famosa pregunta de qué harías si te tocara la lotería hasta el punto de poder vivir sin trabajar, las respuestas no son obvias como podrían parecer.
Bien es cierto que muchas personas dicen que dejarían su trabajo actual, o quizás se tomarían un año sabático, pero más del 75% de las personas, volverían a trabajar.
Por lo tanto, quizás tenga algo de mito eso de que “trabajamos para ganarnos la vida”. Quizás hay algo más.
Recuerdo que hace muchos años, cuando tuve la ocasión de conocer al conocido consultor Luis María Huete, nos contó que las personas, para ser felices, necesitamos que ocurran cuatro cosas:

1. Tener cubiertas nuestras necesidades básicas. Hacemos referencia a disponer de una situación económico-social que nos permite tener comida para alimentarnos a nosotros y a nuestras familias, un lugar donde cobijarnos, recursos para poder dar respuesta a nuestras necesidades de abrigo, salud y justicia. Vinculándolo con el entorno profesional, es evidente que cuando nuestro trabajo no permite dar respuesta a estas necesidades básicas, no existe la felicidad y sí la preocupación. Naturalmente, podemos interpretar que a esas necesidades vitales deberían sumarse otras como disponer de un medio de locomoción, dinero para irse de vacaciones, una televisión en casa… Pero de hecho, por las investigaciones realizadas, tales cuestiones no son tan relevantes, al existir millones de personas que se declaran felices sin disponer de lo que deberíamos llamar “comodidades”, más que necesidades vitales.

2. Querer y ser querido. Nunca me olvidaré de esta forma en la que el profesor Huete expresó lo que Maslow llamó necesidades de afiliación y respeto. Pensemos en nuestras experiencias laborales y en hasta qué punto influye en nuestra satisfacción el tener un buen clima laboral, relaciones armoniosas con los compañeros, el respeto de los superiores, de los subordinados, de los colaboradores…
Observen los lectores que hablamos de “ser querido”, pero también de “querer”. De una manera más sutil, pero también importante, hemos de ser conscientes de cómo afecta a nuestra satisfacción (a nuestra felicidad, en definitiva), el estar rodeados de personas que gozan de nuestra estima, a las que valoramos por sus conocimientos, por sus capacidades, por sus desempeños… Es más fácil ser feliz en contacto con el talento que en contacto con la mediocridad. Busquemos el contacto con personas a las que admiramos y respetamos, por el motivo que sea.

3. Ser útil. Quizás el lector piense que nos metemos en el terreno de la filosofía. Pero conozco a tantos y tantos profesionales que están desmotivados porque no tienen la sensación de aportar valor, de contribuir a construir algo… No necesariamente tiene que ver con la naturaleza de la tarea. También influye la propia expectativa que nosotros mismos o nuestro entorno generamos. Pongo un ejemplo: el barrendero de mi pueblo lleva muchos años realizando cada día, exactamente la misma dura tarea… Pero si le preguntas si está feliz con su trabajo, te dirá que sí: “cómo estarían las calles si no fuera por mí”. Ahí está el sentimiento de utilidad. Visualizar cómo mi contribución sirve para conseguir un objetivo, cómo mi labor impactó positivamente en el desarrollo de un proceso más global, es algo que también está asociado con la felicidad. Bueno sería que nos lo explicaran nuestros jefes. Aunque también nosotros podemos preguntar.

4. Aprender. En el sentido de evolucionar, de crecer, de caminar… He aquí, de los cuatro factores que hemos visto, en el que muy a menudo no ocurre que “lo queramos” cuando realmente “lo necesitamos”. Qué duda cabe que aprender, para adaptarse a nuevas herramientas, para dar respuesta a nuevas funciones, etc., es algo que supone un esfuerzo, a menudo grande. Por ello, es muy importante que exista una relación entre el esfuerzo que realizo por aprender y los beneficios que dicho aprendizaje conlleva. Si no, surge la desmotivación. Pero no nos engañemos: necesitamos movernos, evolucionar, cambiar… Si no, nos acomodamos, “engordamos”, nos convertimos en rígidos… Y eso es comprar “papeletas” para tener graves crisis, antes o después. Muchos sociólogos consideran que este factor es el origen oculto de muchas de las crisis personales más complejas que vivimos los seres humanos. Por ello, es muy importante que, si tenemos responsabilidades directivas, hagamos lo posible por construir entornos de trabajo donde el aprendizaje y el cambio sean una condición necesaria, reduciendo al máximo el riesgo de acomodamiento. Y si no tenemos responsabilidades directivas, al menos tenemos responsabilidad sobre nosotros mismos: tomemos decisiones para dotar a nuestra vida de diversidad, de novedad, de aprendizaje, de creatividad. Aunque a veces no lo queremos, lo necesitamos.

Pablo Burgué

Pablo Burgué es Profesor del Programa de Evaluación Competencial de IDE-CESEM, además de Socio-Fundador de Dynamis Consultores.

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