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¿Qué necesito para trabajar en el año 2020?

¿Qué necesito para trabajar en el año 2020?

GABRIELA CALDERÓN. Profesora de IDE-CESEM

José Ingenieros, 1913 (hace casi un siglo) en su obra “El hombre mediocre”, nos dice:

“El hombre mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia imitativo y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño, reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente útiles para la domesticidad. Así como el inferior hereda ‘el alma de la especie’, el mediocre adquiere ‘el alma de la sociedad’, Su característica es imitar a cuantos le rodean: pensar con cabeza ajena y ser incapaz de formarse ideales propios”. “El mediocre es un perjuicio para la sociedad, está fuera del ingenio, la virtud y la dignidad, nada aguijonea su curiosidad, carece de iniciativa”.

Duras palabras y frases lapidarias, pero creo que nos pueden ayudar a reflexionar. Estamos en un siglo de grandes cambios en todos los aspectos; y es inevitable. Las comunicaciones son rápidas, pero esta misma rapidez las hace efímeras. Las relaciones son fáciles; tener un amigo a diez mil kms es posible, lo ves, lo conoces, pero en cualquier momento puede desaparecer. No hay necesidad de trabajar en un lugar materialmente estable, mientras estés conectado. Se produce un acontecimiento en aquel lugar donde no estás y lo ves y lo conoces en tiempo real, e inmediatamente puedes dar tu opinión, como si fuera un dogma. La robótica hace que las máquinas aprendan y resuelvan problemas. La medicina avanza, se trasplanta, se rejuvenece, se cura con mayor seguridad y éxito. La biomedicina ha logrado implantar un “chip” en el cerebro humano para atenuar síntomas de enfermedades todavía difíciles de curar. Y así hasta el infinito.

La tecnología se ha convertido a gran velocidad en parte “importante” de nuestras vidas; y “corre” por delante de nosotros. El 7 de mayo de 1959 Charles Percy Snow, científico y novelista, le puso nombre a uno de los artificiales conflictos con los que convivimos. En el discurso conocido como “Las dos culturas”. Snow exponía la discordancia entre las ciencias y las humanidades. Él lo veía como una debilidad en la formación y no como una diferenciación útil y ni mucho menos necesaria.

El desconocimiento, la falta de relación y acuerdos entre ambas posturas enfrenta el método a la sensibilidad y deshumaniza la tecnología. Dentro de esa tecnología nos encontramos otra diferenciación (como es habitual), tecnología dura y tecnología blanda, pero en esta diferenciación al menos reconocemos por tecnología algo que popularmente se excluye, y no sin razón.

La tecnología dura hace referencia a la imagen que comúnmente tenemos de ésta: la informática, un tren de alta velocidad… a fin de cuentas a los productos más tangibles de nuestra sociedad. A pesar de la convivencia diaria con ella, a un foráneo le sería ciertamente difícil explicar cómo funciona o a que principios responde; y tal vez al experto tampoco le sería fácil hacerse entender. Sin embargo, esta tecnología dura puede resultar más fácil de aprender y dominar debido a la materia con la que se trabaja. El comportamiento del acero siempre será más predecible que el de una persona.

La dificultad a la hora de transmitir esa información podría ser causa de carencias en formación o en la capacidad de comunicación, áreas que debe abordar la llamada tecnología blanda. Ésta aborda el comportamiento humano; la selección y la formación o la administración, por ejemplo. En definitiva el know-how, aquello tan manifiesto como poco tangible. El comportamiento humano es su principal material de trabajo y justamente una de las preguntas que planteaba el psicólogo conductista B.F. Skinner fue ¿Puede generar la psicología tecnología? A la vista de los avances de su corriente parece evidente que sí, aunque ciertamente no resulta fácil.

Ahora bien, las nuevas tecnologías, en parte, son inmateriales, ya que la materia principal es la información; permiten la interconexión y la interactividad, son instantáneas, promueven el aprendizaje. Al mismo tiempo las nuevas tecnologías suponen la aparición de nuevos códigos y lenguajes, dando lugar a la realización de múltiples actividades en poco tiempo.

También creemos que el comportamiento laboral afecta solamente a la empresa -que posiblemente en el futuro éstas sean virtuales-, no es así; el comportamiento en las personas es un hábito, por lo tanto un proceso interactivo y repetitivo, aprendemos por modelos, y las conductas se generalizan en todos los ámbitos donde actúa el individuo.

Por lo tanto, lo que deberíamos preguntarnos es: ¿Qué necesito para trabajar en el año 2020? Muy fácil pero al mismo tiempo difícil. Necesitamos cambiar. Tenemos que sacudirnos la desidia y el desánimo. Tenemos que empezar por ser conscientes situacionales. Nuestra conducta es función de nuestras decisiones, no de nuestras condiciones. Como seres humanos somos responsables de nuestra vida, por lo tanto tenemos la responsabilidad de hacer que las cosas sucedan. Necesitamos tener objetivos claros, realistas, alcanzables. Necesitamos conocer nuestras fortalezas y debilidades. Necesitamos calibrar nuestra inteligencia emocional. Si hacemos un análisis de todo esto posiblemente encontremos cosas que no nos gusten; pero lo importante es que sabremos dónde estamos y a dónde queremos ir.

Como consecuencia natural, todo esto está en manos de los jóvenes. Los jóvenes de hoy son los “líderes” de mañana (no me refiero a la política en concreto), ellos son la diana; tendrán poder de decisión, dictarán las normas y construirán e implantarán valores.

Serán aquellos que reconozcan las particularidades; la creatividad, la seguridad, la inteligencia y no tendrán miedo de aprender y rectificar, y estarán abiertos a aceptar nuevas ideas y cambiar paradigmas; serán modelos.

Por lo tanto, no nos debemos preocupar de qué trabajaremos en el año 2020, sino de la responsabilidad que nos viene por añadidura.

El futuro es lo mejor del presente. No nos neguemos a verlo y a aceptarlo.

Revista Innovatia 40

Gabriela Calderón es Licenciada en Administración de Empresas y Máster en Dirección de Empresas. En la actualidad es Consultora de CPC Consultores y profesora en IDE-CESEM.

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